martes, 3 de enero de 2017



 
 

3,5 GRAMOS

 
Lágrimas, lágrimas como despedida, de una madre agotada, desesperada, y sin fuerzas, que está a punto de perder lo que más quiere en este mundo, su familia.

Nos embarcamos en un tren de la muerte, del cual, el destino, no es otro que la guerra, esa guerra que destruye sueños, amores, y lo más importante, la familia. Ese destino, es el nuestro.

Ya lo había hecho antes, llevándose a mi padre, y lo hacía de nuevo, llevándonos a mi hermano, y a mí.

Una cadena de soldados nos separa de nuestras madres, que son lo único que se queda en aquel pueblo que nos vio nacer, y que ahora nos despedía con un silencio de gritos y llantos, pues muy pocos vuelven, y ya son muchos los que se van.

En el interior del tren, el ambiente es distinto. Silencio, caras mudas de sentimiento a mi alrededor, todas conocidas. Las miradas se clavan en los ventanucos del tren, por los que se puede observar la escena que afuera está aconteciendo, todo es tristeza, todo es gris, yo, no sé qué hacer, ni pensar, mi vida se desmorona, a la misma velocidad con la que el tren se mueve por las vías, de manera fría y ruidosa, alejándose de mi antigua vida y adentrándose, cada vez más, en un paisaje negruzco y desolador.

Un escalofrío recorre mi cuerpo de pies a cabeza, dejándome helado. Miro a mi hermano, que está sentado al lado mío, con la mirada perdida en algún lugar, y con una inexpresión facial que lo dice todo, esta sin palabras, como yo. Quien iba a pensar que los  condenados a la guerra iban a ser niños, tantos, y tan jóvenes.

Pensando en eso, me hundí por completo en un mar de lágrimas, del que si no llega a ser  por mi hermano, habría acabado en una gran desesperación por salir de ese tren del infierno, del que no debíamos salir, porque todos sabemos lo que le pasa a los desertores de guerra.

“Raúl, no temas, estoy contigo” me dice mi hermano, Carlos, poniendo una mano en mi hombro, y con la otra secándome las lágrimas que resbalan por mis mejillas. Entonces comprendo que la unión hace la fuerza y que tengo q estar unido a mi hermano si quiero salir de esta. Él es mayor que yo, en concreto, dos años más, tengo 16 años, y voy a una guerra.

Como muestra de gratitud, abracé fuertemente a mi hermano, del que después de unos minutos no separé mí unida mano de la suya, quedando yo dormido en su hombro, mecido por el incesante movimiento del tren, y acompañado por un inciso de alegría entre los pasajeros, que hartos de  tanta desolación, decidieron entablar conversaciones de todo tipo, unos más alegres que otros, no todos tenían alguien con quien hablar, o si lo tenían, no quieren hacerlo.

 
YA SON 4 HORAS EN EL TREN. Seguimos agarrados de la mano. Pero ya no habla nadie. Lo que unos minutos atrás habían sido, risas, y tímidas conversaciones entre hermanos, se había convertido de nuevo en un silencio impoluto, en el que solo se dejaban oír los raíles a nuestro paso, y el tambalear incesante de los vagones. El Porqué de este silencio, estaba claro, levanté la cabeza del hombro de mi hermano en el que estaba recostado, miré por la ventana del vagón, de nuevo un escalofrió recorrió mi cuerpo, estábamos lejos de mi pueblo, el paisaje era desolador, campos negros como el hollín, columnas de humo interminables, y pueblos devastados, nos daban la bienvenida a lo que era nuestro final de trayecto, la guerra.

La velocidad disminuía cada momento, los raíles rechinaban agresivamente acompañados por un bocinazo de llegada. Finalmente, el tren llego a su destino. Las puertas se abrieron de golpe, todos nos miramos sabiendo lo que pasaría ahora, adrián, un chico de apenas 4 años más que yo, se levantó, y se dirigió a la salida. Él había perdido a toda su familia en la guerra. Y por lo que se, se había alistado voluntariamente, tal vez por venganza, pero solo talvez.

Nos levantamos todos poco a poco, miré a mi hermano, él puso su mano en mi hombro y dijo, no te preocupes, nosotros si volveremos. Él sabía perfectamente lo que había pensado cuando adrián se levantó, por eso lo dijo.

Salimos del tren. Delante nuestra, un pueblo en ruinas, devastado, detrás de aquella imagen, se escondían miles de familias muertas, que inocentemente fueron bombardeadas sin aviso alguno. Una masacre.

Ya fuera del tren, recorrimos la estación junto a cientos de personas, algunas conocidas, otras, de diferentes pueblos, todos reunidos, por y para lo mismo…

Al final de aquella estación de la muerte se encontraba una choza más bien pequeña q grande que suministraba armas, equipaje, y algo de alimento para los soldados.

Tuvimos que guardar fila acompañaos por los demás del grupo, no tenías opción, esas armas tenían que acabar en tus manos, y las balas, en los enemigos, sino morirías, como tantos soldados habían muerto ya por negarse al uso de las armas. Que en esa y esta ocasión, eran y son tu único aliado.

La fila cada vez se acortaba más, y nos acercábamos a la choza, temblaba mi cuerpo entero  solo de pensar que iba a tener que utilizar aquellas armas, armas que escupían unas frías balas que sin compasión alguna, arrancaban el alma de cualquier cuerpo, matándolo, y convirtiéndote en un asesino.

Ya solo quedaban dos personas delante de nosotros, un casco, una pechera, un mendrugo de pan, una metralleta, y un culatazo del armero, por elegir mal las balas del arma.

-Cómo van a ser estas imbécil, ¿así queréis matar a alguien? Le grito el armero, un tío gordo y calvo, el cual le atestó el culatazo por la errónea elección al chaval de delante, que sería de mi edad, o menor aun.
Nos tocaba a nosotros. El gordo le lanzo una pechera muy desgastada y con sangre a mi hermano

- aquí tiene su vestido, señorita- dijo y rió la gracia con una sonrisa desdentada y roñosa. Seguido puso un par de cascos y una ametralladora encima de la mesa.

-Pequeño, ponte el casco- me dijo el armero. -Tu hermano tiene q elegir balas- repuso.

Esta debía de ser la broma que les hacía a todos los soldados, una broma que le divertía si fallaban, y que dudo que premiara si acertaran.

Mi hermano se quedó mudo, no tenía ni idea de armas, el armero acariciaba la culata de su pistola, una gota de sudor recorrió la frente de mi hermano, el armero sonrió entonces.

 - que pasa, no te gustan esas, si quieres te enseño cuales son- balbuceo entre risas, si se le podía llamar risa a eso. El armero cogió su arma por el mango, sabíamos lo que iba a hacer…

Y lo paré.- ¡espera!- dije, - yo si se cuales son- dije con tal de que no le atesaran el golpe a mi hermano. El armero bajo el arma. Entonces a doble o nada, ¿no joven?- serio, contestó, de nuevo acariciando su arma. Si- contesté. Mire todo el estante, de arriba abajo, y cuando yo no sabía que decir, gire la cabeza hacia mi hermano, y detrás, el niño de antes, con un chichón en la cabeza, señalando disimuladamente las balas de la tercera balda.

-Es para hoy niño- me dijo a mí el armero. –eeemmm ya se, las de la tercera balda, 3,5 ¿no?-dije y me calle.

El armero se rió.

–sí, claro que sí, enhorabuena, buena elección, se nota que sabes de armas eeh- dijo con una voz más normal y apaciguada que la anterior.

3,5 gramos, muy buenas, matan con una sola bala- me informo y me dio el paquete. Te are una demostración. Dijo, y cogió el arma.

Apunto y disparo al joven de mi edad que me lo había chivado. Cayó fulminado.

 –aquí no queremos a los débiles, cada uno se defiende de lo suyo, a alguien que le ayudes en la guerra puede ser el que te mate más tarde- dijo para todo el que estaba allí presente.

Se giró, me devolvió el arma, y dijo, 3,5 gramos, recuérdalo,  un solo disparo.

 
Escrito por: Javier Fernández Marquínez

 

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