3,5 GRAMOS
Lágrimas,
lágrimas como despedida, de una madre agotada, desesperada, y sin fuerzas, que
está a punto de perder lo que más quiere en este mundo, su familia.
Nos embarcamos
en un tren de la muerte, del cual, el destino, no es otro que la guerra, esa
guerra que destruye sueños, amores, y lo más importante, la familia. Ese
destino, es el nuestro.
Ya lo había
hecho antes, llevándose a mi padre, y lo hacía de nuevo, llevándonos a mi
hermano, y a mí.
Una cadena de
soldados nos separa de nuestras madres, que son lo único que se queda en aquel
pueblo que nos vio nacer, y que ahora nos despedía con un silencio de gritos y
llantos, pues muy pocos vuelven, y ya son muchos los que se van.
En el interior
del tren, el ambiente es distinto. Silencio, caras mudas de sentimiento a mi
alrededor, todas conocidas. Las miradas se clavan en los ventanucos del tren,
por los que se puede observar la escena que afuera está aconteciendo, todo es
tristeza, todo es gris, yo, no sé qué hacer, ni pensar, mi vida se desmorona, a
la misma velocidad con la que el tren se mueve por las vías, de manera fría y
ruidosa, alejándose de mi antigua vida y adentrándose, cada vez más, en un
paisaje negruzco y desolador.
Un escalofrío
recorre mi cuerpo de pies a cabeza, dejándome helado. Miro a mi hermano, que
está sentado al lado mío, con la mirada perdida en algún lugar, y con una
inexpresión facial que lo dice todo, esta sin palabras, como yo. Quien iba a
pensar que los condenados a la guerra
iban a ser niños, tantos, y tan jóvenes.
Pensando en eso,
me hundí por completo en un mar de lágrimas, del que si no llega a ser por mi hermano, habría acabado en una gran
desesperación por salir de ese tren del infierno, del que no debíamos salir,
porque todos sabemos lo que le pasa a los desertores de guerra.
“Raúl, no
temas, estoy contigo” me dice mi hermano, Carlos, poniendo una mano en mi
hombro, y con la otra secándome las lágrimas que resbalan por mis mejillas.
Entonces comprendo que la unión hace la fuerza y que tengo q estar unido a mi
hermano si quiero salir de esta. Él es mayor que yo, en concreto, dos años más,
tengo 16 años, y voy a una guerra.
Como muestra
de gratitud, abracé fuertemente a mi hermano, del que después de unos minutos
no separé mí unida mano de la suya, quedando yo dormido en su hombro, mecido
por el incesante movimiento del tren, y acompañado por un inciso de alegría
entre los pasajeros, que hartos de tanta
desolación, decidieron entablar conversaciones de todo tipo, unos más alegres
que otros, no todos tenían alguien con quien hablar, o si lo tenían, no quieren
hacerlo.
La velocidad
disminuía cada momento, los raíles rechinaban agresivamente acompañados por un
bocinazo de llegada. Finalmente, el tren llego a su destino. Las puertas se
abrieron de golpe, todos nos miramos sabiendo lo que pasaría ahora, adrián, un
chico de apenas 4 años más que yo, se levantó, y se dirigió a la salida. Él
había perdido a toda su familia en la guerra. Y por lo que se, se había
alistado voluntariamente, tal vez por venganza, pero solo talvez.
Nos levantamos
todos poco a poco, miré a mi hermano, él puso su mano en mi hombro y dijo, no
te preocupes, nosotros si volveremos. Él sabía perfectamente lo que había
pensado cuando adrián se levantó, por eso lo dijo.
Salimos del
tren. Delante nuestra, un pueblo en ruinas, devastado, detrás de aquella imagen,
se escondían miles de familias muertas, que inocentemente fueron bombardeadas
sin aviso alguno. Una masacre.
Ya fuera del
tren, recorrimos la estación junto a cientos de personas, algunas conocidas,
otras, de diferentes pueblos, todos reunidos, por y para lo mismo…
Al final de
aquella estación de la muerte se encontraba una choza más bien pequeña q grande
que suministraba armas, equipaje, y algo de alimento para los soldados.
Tuvimos que
guardar fila acompañaos por los demás del grupo, no tenías opción, esas armas
tenían que acabar en tus manos, y las balas, en los enemigos, sino morirías,
como tantos soldados habían muerto ya por negarse al uso de las armas. Que en
esa y esta ocasión, eran y son tu único aliado.
La fila cada
vez se acortaba más, y nos acercábamos a la choza, temblaba mi cuerpo
entero solo de pensar que iba a tener
que utilizar aquellas armas, armas que escupían unas frías balas que sin
compasión alguna, arrancaban el alma de cualquier cuerpo, matándolo, y
convirtiéndote en un asesino.
Ya solo
quedaban dos personas delante de nosotros, un casco, una pechera, un mendrugo
de pan, una metralleta, y un culatazo del armero, por elegir mal las balas del
arma.
-Cómo van a
ser estas imbécil, ¿así queréis matar a alguien? Le grito el armero, un tío gordo
y calvo, el cual le atestó el culatazo por la errónea elección al chaval de
delante, que sería de mi edad, o menor aun.
Nos tocaba a
nosotros. El gordo le lanzo una pechera muy desgastada y con sangre a mi
hermano
- aquí tiene
su vestido, señorita- dijo y rió la gracia con una sonrisa desdentada y roñosa.
Seguido puso un par de cascos y una ametralladora encima de la mesa.
-Pequeño,
ponte el casco- me dijo el armero. -Tu hermano tiene q elegir balas- repuso.
Esta debía de
ser la broma que les hacía a todos los soldados, una broma que le divertía si
fallaban, y que dudo que premiara si acertaran.
Mi hermano se
quedó mudo, no tenía ni idea de armas, el armero acariciaba la culata de su
pistola, una gota de sudor recorrió la frente de mi hermano, el armero sonrió
entonces.
- que pasa, no te gustan esas, si quieres te
enseño cuales son- balbuceo entre risas, si se le podía llamar risa a eso. El
armero cogió su arma por el mango, sabíamos lo que iba a hacer…
Y lo paré.-
¡espera!- dije, - yo si se cuales son- dije con tal de que no le atesaran el
golpe a mi hermano. El armero bajo el arma. Entonces a doble o nada, ¿no
joven?- serio, contestó, de nuevo acariciando su arma. Si- contesté. Mire todo
el estante, de arriba abajo, y cuando yo no sabía que decir, gire la cabeza
hacia mi hermano, y detrás, el niño de antes, con un chichón en la cabeza,
señalando disimuladamente las balas de la tercera balda.
-Es para hoy
niño- me dijo a mí el armero. –eeemmm ya se, las de la tercera balda, 3,5 ¿no?-dije
y me calle.
El armero se
rió.
–sí, claro que
sí, enhorabuena, buena elección, se nota que sabes de armas eeh- dijo con una
voz más normal y apaciguada que la anterior.
3,5 gramos,
muy buenas, matan con una sola bala- me informo y me dio el paquete. Te are una
demostración. Dijo, y cogió el arma.
Apunto y
disparo al joven de mi edad que me lo había chivado. Cayó fulminado.
–aquí no queremos a los débiles, cada uno se
defiende de lo suyo, a alguien que le ayudes en la guerra puede ser el que te
mate más tarde- dijo para todo el que estaba allí presente.
Se giró, me
devolvió el arma, y dijo, 3,5 gramos, recuérdalo, un solo disparo.
Escrito por: Javier Fernández Marquínez
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